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La Coctelera

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14 Mayo 2006

AMIGOS,VIEJOS AMIGOS...

Conocí a Teresa hace dos años. Estaba con unos amigos en la taberna donde solíamos vernos y ella entró como un torbellino. Javier comenzó a reír: ” Jajaja, siempre es así”. Nos presentó y ella comenzó a bromear con todos.
Era una mujer preciosa, con el pelo negro y rizado, piel de avellana y unos ojos rasgados que cautivaban. Nunca se maquillaba pero es que no lo necesitaba. Ella estaba segura de sí, y su manera de hablar llamaba la atención.
Pero tardamos un par de meses en comenzar a hablar. Una mañana estaba sentado en un parque simulando ser lagartija, con los ojos entornados sintiendo el deseado y tibio sol de primavera.
Noté una mano en mi hombro. Era Teresa. Me miraba sonriendo mientras yo me acostumbraba a la luz.
Vestía una camiseta de tirantes blanca y unos vaqueros muy usados. Me pareció aún más bonita de lo que recordaba.
Aquel sábado estuvimos sentados en ese banco mas de tres horas; nos dimos cuenta que había pasado el tiempo solo porque no había ya nadie a nuestro alrededor. Así que decidimos comer en un lugar cercano que ella conocía. Me llamó la atención como la recibieron, parecía que eran amigos suyos; luego me explicó que solo iba por allí de vez en cuando, algunos días que quería comer sola. Yo era la primera persona que compartía su mesa en aquel restaurante.
Nos sentamos en una mesa apartada. El sitio era cálido, con luz de color amarillento y todo de madera. Sentados frente a frente nos mirábamos al hablar. No me preguntes quien estaba al lado. Aquel día estaba absorto en Teresa y creo que ella en mi. Solo el camarero nos distraía y solo porque teníamos que aceptar los platos.
Sin embargo, yo noté algo muy diferente. Estaba increíblemente a gusto con aquella mujer, pero no tenia la típica necesidad de impresionarla. Por alguna extraña razón era yo, sin mas, el que estaba allí, nada de lo que entre un hombre y una mujer que acaban de comenzar a conocerse. Diría que éramos amigos de siempre, colegas de aventuras, de la aventura de la vida.
Las semanas siguientes nos llamamos y pasábamos horas hablando. Nos veíamos tomando un café, comiendo ó iba uno a casa del otro.
Sin darnos cuenta acabamos siendo eso, amigos, en toda la extensión de la palabra. Compartíamos las risas y los llantos, los paseos y las películas, los trabajos y los amores. Hasta que compartimos los cuerpos. Y todo era natural, nos salía sin más, porque desde el principio nos habíamos compartido.
Bueno, no tan natural. Al menos hasta el día que marcó la diferencia. Fue en la taberna. Llovía como si nunca lo hubiera hecho y yo haba pasado todo el día resolviendo algunos problemas que ya no podían esperar más. Así, que abrí la puerta deseando únicamente una cerveza y a Teresa, para contarle lo que había sucedido. Ella estaba sentada en una mesa con un tipo de aspecto extranjero. Desde la barra, levanté mi vaso hacia ella, saludando, pero apenas me respondió con un leve movimiento de cabeza, mientas seguía charlando con su amigo. Estaba ensimismada y yo comencé a sentirme muy molesto.
Una hora después, cuando me marchaba, quise despedirme, pero no conseguí que nuestras miradas coincidieran. Sencillamente sentí que pasaba absolutamente de mí.
No le llamé, no volví por los lugares acostumbrados hasta diez o doce días después, cuando Fernando me obligó a ir para acudir juntos a una fiesta. Allí estaba Teresa pero esta vez no quise saludarla, era ella la que tenia que comenzar....Pero tampoco lo hizo. Días después nos vimos y entonces sí que me habló. Y lo hizo para decirme que me notaba raro, que le explicara. Debía tener una sonrisa socarrona, porque me miró como nadie jamas lo había hecho y dijo: “ Luis, jamás, jamás vuelvas a hacerlo. Dime que te sucede, dime que te molesta ó desaparece de mi”
Me quedé temblando y durante unos segundos no pude decir palabra. Pero le expliqué. “Mira, respondió cuando terminé, si no podemos decirnos lo que nos sucede, lo que sentimos, lo que nos molesta, malos amigos somos. Si eres incapaz de compartir eso, no creo que tengamos mucho mas que hablar.” Y se dio media vuelta.
Entonces sí que reaccioné. Le cogí del brazo, la miré, “Tienes razón, creo que no he entendido nada hasta ahora. Eres demasiado especial.”
Teresa sonrió. Me conocía muy bien, sabia que por fin había comprendido que tenia que ser yo, que teníamos que ser nosotros sin más. Que callar no nos vale, que debíamos compartir hasta los enfados.
Desde aquel día, no ha vuelto a haber nada extraño. Ya éramos amigos.

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