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20 Mayo 2006

SU LIBERTAD

“ ¡¡Hola,¿qué tal estás?”.
Era Teresa. Hacia días que no hablábamos y ya tenia ganas de charlar con ella. Me encantó oírla.
-Bien, preciosa, han querido fastidiarme el día pero no lo han conseguido.
-Vaya, me gusta escuchar eso. Había pensado en dar un paseo, ¿me acompañas?
-Claro que sí, estaba limpiando esto para marcharme, necesito un poco de aire.¿Te paso a buscar?.
-No, con que bajes a la calle es suficiente.

Me asomé a la ventana. Ella estaba sentada en un banco, mirando hacia mí. Me saludó con la mano y pude distinguir su sonrisa.
Unos minutos después caminaba hacia ella. Se levantó y me besó en los labios. Pero también me abrazó y eso no era tan normal. Me dio la impresión que lo necesitaba.

-¿Vamos hacia la playa?.
-Perfecto, me vendrá de maravilla. He estado todo el día mirando el monitor y necesito saber que existe otra cosa, jajaja.

Mientras caminábamos, Teresa no paraba de hablar, cogida de mi brazo. Le gustaba contarme los detallitos pequeños que le habían ocurrido, todas esas cosas que suelen pasar desapercibidas pero que son las que conforman el día a día.
Esta mañana había vuelto de Paris, donde había pasado unos días, aunque en realidad solo necesitaba uno para terminar lo que tenia que resolver. Me habló de los pintores que había conocido, de un violinista que escuchó sentada en un soportal, de las calles que había descubierto...
Yo sabia que algo faltaba, pero no quería interrumpir. Teresa quería contarme algo, pero siempre hacia lo mismo, preparaba el escenario, dándome todos los detalles que para ella eran fundamentales.
Lo que realmente quería contarme le sucedió en un café en el que siempre terminaba. Era un lugar antiguo cuyo dueño se preocupaba mas de atender a su clientela que de mantener las paredes impolutas. Pero ese era su encanto. Teresa me había llevado allí hacia algo mas de un año y me pareció un lugar increíblemente acogedor, donde los habituales charlaban entre ellos y acogían con entusiasmo a los nuevos. Entre ellos estaba uno que se unió al grupo hacia pocas semanas. Era un hombre joven, delgado, de mirada tímida, penetrante. Teresa se había sentado en la mesa en la que él estaba, hablando con todos y comentando los cambios desde su última visita. Ni siquiera se fijó mas de lo necesario en él.
Al día siguiente quiso visitar a su antiguo amigo de la ciudad, el que le había ayudado cuando hacia ya diez años quiso descubrir el Paris de los parisinos. Y, como siempre, tomó el metro, cambiando dos veces de tren.
Mientras esperaba en la estación, miraba las pocas personas que tenia cerca. Y apoyado en una señal, estaba aquel hombre callado al que el día anterior no había prestado atención. Se acercaba para saludarle cuando él levantó la cabeza y sonrió. Aquella sonrisa provocó un escalofrío en Teresa, una sensación extraña. Hablaba un francés cuyo acento no supo identificar pero toda su frialdad había desaparecido. Un momento después ya estaban en la calle. Me contó era un hombre entusiasta, al que le gustaba descubrir lo oculto, todo aquello que el resto ni veían. Había nacido en una pequeña ciudad cerca de Brusela y llevaba unos años recorriendo Europa en busca de algo que ni siquiera él sabia. Le contó sus estancias en Nápoles, Londres, Hamburgo. Sus peripecias en pequeños pueblos y como conseguía sobrevivir sin hacer otra cosa que buscar.
Teresa escuchaba ensimismada. Hacia demasiado tiempo que no se perdía, su vida tenia ya dependencias que le obligaban. Su trabajo, su gente, todo eso que suele conformar las vidas y que en la mayoría de las ocasiones coarta las decisiones, la forma de vivir. Nos sucede a todos, pero quizá ella no se había percatado seriamente hasta ese momento en el que aquel hombre delgado le contaba sus andanzas.
Se despidieron, Teresa se volvió y se le quedó mirando, intentando imaginar cual seria su próximo paso....
Mientras el metro recorría las entrañas de Paris, quiso quedarse con el poso de aquella tarde, vaciarlo, dejar ese sentimiento de libertad desnudo...
Al aterrizar en España, al recorrer las calles, al volver a su casa, al sentirse de nuevo en su ambiente, quiso sentir como nuevas todas las sensaciones que todo ello le transmitía. Y necesitó hablar, contarlo. Y se encontró sentada en aquel banco bajo donde yo estaba.

Cuando hubo terminado, vi ese resplandor en sus ojos que delataba una nueva ilusión. La ilusión de sentirse amarrada a su vida por cosas que valoraba. Ya no era libre para marcharse al otro lado del mundo, pero esa falta de libertad provenía su propia elección. Había escogido como y qué vivir; ahora sabia que todo lo que se suponía que coartaba su libertad era lo que realmente amaba.
Se sintió mas libre que nunca, más feliz.
Hacia ya un rato que habíamos llegado a la playa. Con los zapatos en una mano y la otra enlazada, caminábamos por el borde de las olas. Ahora estábamos callados, sintiendo el atardecer y el murmullo del mar. Notaba la caricia de su mano y volví a pensar que era una gran mujer.

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