Coimbra
-El Miércoles tengo que ir a Coimbra. Y estaré seguramente hasta el domingo. Me da pereza, Teresa, llevo ya demasiados viajes últimamente.
-¿Coimbra?, repitió. ¡ Pero si es una ciudad preciosa¡, me han hablado muy bien de ella.
-Jajaja, vente, hace siglos que no viajamos juntos, ya nos vale.
-No me lo digas dos veces, que ya me conoces.
-Vente, vente.
-De acuerdo, me has convencido, . ¿Iremos en avión?
-Había pensado ir en coche y dormir en Sevilla. Coimbra no tiene aeropuerto.
-Perfecto. ¿Tienes mucho que hacer?, porque espero que no me dejes demasiado tiempo sola, ¿eh?. Ahora que lo pienso, hace más de un año que no nos largamos tu y yo solos; creo que lo echaba de menos.
-En realidad, en un día habré terminado, pero siempre dejo un tiempo para imprevistos. ¿Qué te parece si salimos el martes?, de esa forma estaremos por la noche allí, el miércoles trabajo y tenemos de tres días para nosotros. No creo que tenga problemas en cambiar la fecha.
-Estupendo. Solo espero que no le moleste a Andrea.
-Sabes que no.
Fui a buscarla cuando aún estaba amaneciendo. Teresa ya me estaba esperando.
-¿Quieres tomar un café? Aun está caliente, dijo al besarme.
-Si, creo que me vendrá bien. Tenemos por delante mas de mil kilómetros.
-No te aburrirás, de eso me encargo yo.
Ya en la autopista hacia Castilla, con el sol a la espalda, el coche proyectaba su sombra hacia delante. Teresa había puesto música tranquila, una voz femenina que me trasladaba a una sala semioscura, de madrugada, en la que alguien cantaba para una pareja que bailaba.
A mediodía llegábamos a Burgos, la mitad del trayecto. Teresa quiso comer mirando la Catedral que no conocía. Me encanta su ansia por conocer, su curiosidad sin limites.
Unas horas mas tarde, después de atravesar Valladolid y Salamanca y cuando comenzaba a anochecer, llegábamos a Coimbra. Una ciudad que a pesar de ser la tercera de Portugal es pequeña, manejable. Su historia se remonta a siglos y mantiene de alguna manera esa carga que le da tener una de las Universidades más antiguas de Europa.
El hotel que escogimos era pequeñito, casi familiar, pero encantador. Estaba cuidado al detalle, con mimo.
-Luis, Sigues prefiriendo el lado derecho, ¿verdad?. Vamos a darnos una ducha y nos vamos a patear los alrededores, aún es temprano.
Calles empedradas, estrechas, sinuosas, salpicadas de viejas construcciones que dormitaban recordando su pasado. Iglesias, castillos, casas colgantes Caminábamos de la mano, por la parte alta de la ciudad, donde se respiraba romanticismo, melancolía, leyenda...todo eso que los fados hacen sentir. Los dos nos dejamos emborrachar por ese ambiente que nos había sacado de nuestras vidas para dejarnos solos en una parte del mundo que no imaginábamos. Las farolas proyectaban sombras a cada esquina y tras una de ellas se escuchaba un murmullo. Era un restaurante de barrio cuya puerta abierta dejaba escapar el humo mezclado con su luz mortecina. Teníamos hambre, así que nos sentamos en una mesa del fondo mientras, sin preguntar, un camarero nos traía una botella de vino tinto.
-Déjame pedir, me gusta ver si puedo acertar sin entender nada de lo que nos sugieran, dijo Teresa.
El vino nos devolvió las palabras, mientras nos dejaban una fuente de bacalao con patatas asadas.
Aquella noche volví a quedarme mirando a Teresa mientras dormía. Sin apenas luz, escuchaba su respiración. Es una mujer preciosa, pero yo la veo aún mas bonita. Besé sus labios, casi rozándolos para no despertarla, mientras le susurré un te quiero.
