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18 Noviembre 2007

Los Tres Ingredientes

Había despertado temprano. Una mañana fría y al principio
oscura. Poco después cambió y el cielo azul dejó al descubierto un sol radiante que apenas conseguía calentar el ambiente, pero que inundaba con una luz preciosa todos los rincones.

Cogí la cámara y salí a la calle, sin rumbo. Poco después me
encontré en un parque alejado del centro. Apenas había gente, era domingo y era temprano, así que casi todo el mundo aún estaba en su casa.

Enfocaba la superficie rugosa de un árbol contra el fondo
azul, intentando domesticar la fuerza de la luz, para captar las brillantes gotas de rocío, cuando apareció en el objetivo una mujer. Estaba sentada en un banco justo detrás de ese árbol y permanecía quieta, con la mirada perdida frente ella. Su pelo negro se mecía con el ligero viento y yo me quedé así, mirándola
a través de la cámara, acercando su rostro a mi con el zoom.

Por alguna razón, me sugirió una sensación. Ella parecía
pensar en alguien, parecía echar de menos a alguien, sentir en sus entrañas la ausencia de ese alguien. Y yo dejé de hacer fotos.

Dejé entonces volar mi pensamiento y quise mirar hacia el
mismo lugar que ella. Me di cuenta que, quizá, sentíamos lo mismo. O mejor, necesitábamos sentir lo mismo.

Reconocí en ella esa ausencia que dentro de mi mismo tenia ya hace tiempo y quise dejarme llevar por su serena tristeza.

Miré a un lado y al otro del alargado parque. Apenas un par
de personas paseaban a sus perrillos. Frente a mi un banco. Fui hacia él y me senté. Justo en ese momento, nuestras miradas parecieron clavarse la una en el otro y por un momento que pareció eterno, nos quedamos así, quietos, mirándonos.

Recordé a Marta. Ella y yo habíamos pasado muchos años
juntos y ese tiempo había hecho que bajásemos la guardia en algunas cosas.

Recordé también los tres ingredientes que del amor había
comentado alguien: pasión, intimidad, compromiso.

Pasión el uno por el otro, que suele expresarse de manera
sexual. Intimidad, para poder compartir cualquier cosa con ese otro. Y compromiso, para poder estar seguro de que la otra parte está ahí, en cualquier momento. Cada amor tiene una composición diferente de esos ingredientes y ninguno tiene que ser igual a otro, pero todos deberían tener algo de todos
ellos.

Marta y yo habíamos perdido mucho. Teníamos compromiso, pues
sabíamos que el otro siempre estaría ahí, pero apenas había pasión y la complicidad era algo que el tiempo había matado y ninguno de los dos supimos ya rescatarlo.

La mujer que tenia frente a mi me sugería lo mismo. Ella
parecía tener esa misma ausencia y también parecía necesitar necesitár en su vida un poco de pasión, un poco de complicidad.

Me levanté, caminando despacio mientras el sol calentaba
tímidamente mi rostro, disfrutando del momento sin prisas, de cada paso, de cada una de las escenas que miraba.

Mi vida con Marta era ya más rutina que otra cosa, pero
sabia que no podía separarme de ella. También sabía que mi vida sin pasión era solo ver pasar las cosas frente a mí, pero decidir sobre esto no era tarea fácil.

Y nos manteníamos así, juntos dejándonos comer la vida por
la cotidianidad, por la falta de habilidad para dejar de hacer cosas, para volver a aprender a perder el tiempo el uno con el otro.

Desde hacia tiempo, yo, al principio sin darme cuenta y
después ya conscientemente, había buscado en otras personas un poquito de esa pasión, un poquito de esa complicidad. Y cuando encontraba a alguien capaz de hacerme sentir cualquiera de las dos en cualquier medida, pasaba tiempo de charla, quizá de miradas, probablemente perdiendo ese tiempo para llenar mi
sentir de algo ya olvidado.

De alguna manera mi yo se había dividido aún sabiendo que no
era ni lo mejor ni lo más real. Un placebo más. Como la televisión, para unos, el fútbol para otros. Para mí era el alimento del alma, eso que colmaba mi yo, para permitirme entonces sentirme pleno durante unos minutos y poder, así, seguir luchando por lo real.

Soñaba que tenía los tres ingredientes, aunque fuera con personas diferentes, en formas diferentes, en vidas diferentes. Reunía los tres, de sitios diferentes y un poquito de ¿falsa? Felicidad llegaba a mi.

Quizá todo esto era un entrenamiento para no sé qué. Quizá fuera
solo eso, un placebo, pero cada vez sentía con más fuerza que no podía permitir que pasara un solo día sin sentir un poquito de pasión, un poquito de intimidad, aunque la fuente no fuera la adecuada.

Mientras, la vida sigue. Mientras, otras personas como la
mujer del banco me volvían a la vez a la realidad y me empujaban a la ficción. Quizá ese sea el misterio de la vida. Quizá.

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